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El Oro de los Alquimistas

Mucho se ha hablado de el oro de los Alquimistas. La Alquimia, a pesar de ser una de las ciencias más antiguas, es en gran medida desconocida y pesan sobre ella grandes niveles de ignorancia. Esto ha sido así a lo largo de muchos siglos; ya en las cortes medievales de la Baja Edad Media los alquimistas eran buscados por los reyes, nobles y cortesanos para satisfacer los apetitos de riqueza, salud, prosperidad o conquistas. Esto se mantuvo a lo largo del tiempo durante la Época Moderna y no desaparecieron hasta principios del s. XIX.
Muchos de aquellos alquimistas no eran más que farsantes, embaucadores que con algunos trucos de química básica conseguían embaucar a los incrédulos. Se servían también muchas veces de supersticiones y de las esperanzas y necesidades de la gente; pero no todos eran igual. Entre la paja podían verse también prominentes figuras que trabajaban este arte con la nobleza necesaria y con auténtica maestría.

LA ALQUIMIA Y SUS MITOS

Lo que más ha llamado la atención de la alquimia, tanto en nuestros días como en el pasado, han sido dos cosas: la riqueza y la inmortalidad, es decir el poder de la transustanciación que permite, según nos dicen, convertir cualquier metal en oro; y la conocida piedra filosofal.
¿De dónde y por qué surgieron estos mitos? Hay quien afirma, con poco conocimiento de causa, que fueron promesas de los timadores que esperaban atraer sobre ellos la atención de los poderosos y adinerados con promesas de riqueza y vida eterna; pero pensémoslo mejor. ¿Para qué iba alguien a necesitar un mecenas rico que le sustentara si realmente tenía la capacidad de vivir indefinidamente y con un fondo de riquezas ilimitado? ¿Para qué iba a querer esa persona trabajar para otra en lugar de para sí misma? y por último ¿con qué crédito iba a inventar semejante ridiculez?
Si atendemos mejor a las circunstancias históricas veremos que estos mitos empezaron a circular en la Europa Medieval. La coyuntura espacio tiempo nos lleva, obligatoriamente, a pensar en los poderes fácticos del momento: La Iglesia y la Corona. Si bien es cierto que, huyendo de mitos históricos, el poder laico había ganado autonomía desde el s. XIII, también lo es que la Iglesia jugaba un papel crucial en una Europa cuyos poderes necesitaban de legitimación. Las Cruzadas, aún en boga en el s. XIII y principios del XIV, estaban ya de capa caída y los monarcas europeos preferían centrarse en la expansión de sus propias fronteras antes que embarcarse en infructuosas campañas orientales.
En una Europa cambiante, sujeta a numerosas guerras y reinos emergentes, la iglesia tampoco vivía su mejor momento. El s. XIV dio paso a la peste negra y al cisma de occidente, las peleas entre las facciones eclesiásticas y la persecución de los disidentes por medio de la inquisición (no debe confundirse la inquisición medieval con la inquisición de época moderna).
Así pues los buenos alquimistas se vieron obligados a ocultar sus conocimientos, a enmascararlos y codificarlos de modo que fueran lo suficientemente discretos como para no causar el recelo de la Iglesia y sus inquisidores. Poco a poco los libros alquímicos empezaron a tornarse crípticos, a emplear complicadas metáforas y símbolos, imágenes que contenían mensajes de apariencia inofensiva solamente descifrables por quienes tuvieran los conocimientos correctos, etc.
Así nació el mito de que los alquimistas poseían el poder de transmutar cualquier metal en oro. Lo absurdo de tal afirmación, lo improbable de tal idea hacía de él algo ridículo que ponía a los mismos alquimistas en evidencia; en evidencia para los demás, pues ellos sabían perfectamente a lo que se referían. Pero lo más importante es que les ponía lejos del punto de mira de los poderes fácticos en un momento en el que convenía pasar desapercibido.

EL ORO DE LOS ALQUIMISTAS

Entonces ¿qué querían decir los alquimistas cuando aseveraban ser capaces de transmutar los metales? Sin duda la explicación es mucho más larga de lo que podamos describir en unas breves líneas; pero si puede ser comprendida la esencia.
El oro era por aquél entonces, como hoy, el metal por excelencia (si bien en lo económico aún regía en muchos casos el patrón plata). El oro, en alquímia, hermetismo y otras corrientes se asocia con la perfección, con la divinidad, etc. Así el resto de metales, más comunes y simples estaban por debajo de él. Cuando el alquimista afirmaba ser capaz de transmutarlos en oro lo que decía entre líneas era que poseía los conocimientos para transformar a una persona normal y corriente en un ser de luz, en alguien que iba a estar por encima de la media.
Sin duda, el arte de la alquimia consiste precisamente en la transmutación de uno mismo. Todos los conocimientos van dirigidos a que la persona adquiera los conocimientos necesarios para llegar a ser dueña de si misma y de su destino, a que pase de ser una más a alcanzar su destino y logre ascender espiritualmente hasta hallar la comunión con el Todopoderoso.
¿Riqueza? evidentemente cualquier persona que lograra evolucionar y convertirse ella misma en un buen alquimista sería capaz de atraer para sí la riqueza que deseara. No solo una riqueza material en lo económico, sino también en lo físico; pues podría mejorar su salud, sanar sus enfermedades o las de los demás; también una riqueza espiritual, pues lograría un mayor contacto con el mundo superior, una mayor paz y plenitud.
El oro, el metal más excelso, representaba todas estas virtudes y muchas más. La riqueza que daba la alquimia no era solamente material; sino eminentemente global.

Es fácil entender que lo que hoy podemos exponer con libertad, podía poner en un apuro a más de uno en esos contextos. De ahí que la alquimia se codificara y nacieran estas leyendas, que luego aprovecharon otros para sus propios intereses sin que tuvieran mucho que ver con el propósito original.

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El Oro de los Alquimistas es una frase que dentro de la alquimia, hace referencia a la búsqueda de aquel tesoro espiritual en cada uno.
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